Una pequeña fábula en tributo a la oralidad de payadores, bardos y juglares.
De como se traceyan inarmónicas glosas por las muchas agudezas
(Castizo neo romance a lo pampa japonés)
En esos otros tiempos, en que el dorado Tao
no había despuntado con chinos sufrimientos,
hacía sus mementos el viejo Shio-ran-gó.
Y sobre el grupo lanzó, a la sazón, inquiriendo
«Decidme el sentido pleno, jóvenes cabeza hueca:
Hila que hila la rueca, hila para volver a hilar.»
Pusieronse a pensar temiéndole al castigo;
el sabio era temido, dispensador de palos,
dos muertos había enterrado, tan sólo querer hablar.

Levantóse Wi-ng-dar, docto veterinario:
«La rueca de gran tamaño yo la llamo evolución
porque de revolución sólo tiene la espiral.
El pez que en el agua va, en el agua ha de morir
y muriendo se hace así otra cosa diferente:
un sapo, una serpiente, hasta volverse monito
que de peludo y bonito, a pelado y feo torna,
es más malo que la cobra pero más inteligente.»

El maestro sin dudarlo, de judoka, le hizo llave;
en la nuca golpeó grave y el doctor fue a dormitar.
El santo volvió a hablar para fijar la enseñanza:
«Si la ignorancia es tan ancha no puede evolucionar.»

Levantóse De-ri-dang, mago, con voz en vilo:
«Es ruptura yo coligo y no lo coligo y lo dudo,
extramuros o intramuros el pollo vuela volando,
la rueca hila rodando, si es rueda entonces Pi,
aunque griego no nací, mal no me calza el kimono,
ki deconstruye al mono.¡Me parece que soy claro!»

Esta vez tomó el asceta a su muy fiero nunchaku,
del golpe, atrás de un hai-ku, el mago besó la tierra.
Al ver su obra postrera, dijo el sabio inexorable:
«De rebuznar en clave esta ha sido la experiencia.»

Expuso Ri-ver-i-tong, señor de las loterías:
«La rueca es tan esquiva porque se clama fortuna,
danza que azar acumula y que a los postres es ciega,
no se vislumbra ribera donde termine la suerte,
sin un sentido aparente navega el hombre sus ondas;
si antes a diestra enrosca, luego despliega a siniestra.»

Con planazo poderoso, curtió el maestro al ignaro,
que afectó con desamparo, su jugadora entereza,
un chichón en la cabeza. Dijo el viejo de la Choza:
«Azar es aquél que embrolla al arroz con la maleza.»

Si-queng tímida previno, con voz cargada de celo:
«Nos metemos en terreno friccionado e inconsciente,
pues como rueca acomete el hombre sobre la hembra,
con trama viril enhebra a la fisura en que acaba;
es como pez en el agua, de lágrimas amamantado,
con sus gemidos ahogados, llora las chispas que crea.»

Y sin mediar circunstancias, el santo, cruzó bofetón,
luego descargó el bastón con sanguinaria actitud.
La puerca no dijo mu, dicen que era masoquista.
«Esta soflama onanista al sabio no da virtud.»
Levántose Danr-el-mung, el escritor esforzado
«El hilo que rueca ha dado es la preñada escritura
que trama sutil finura al bailar entre los trazos,
de bambú hace los pasos, y de hollín húmedo, vida;
rueda con melodía, la mano, el diestro poeta;
rueca sobre la mesa su grieta entre las fisuras.»

A una seña por garrote, del emperador, dos guardias
volcaron toda su saña sobre el humilde escribiente.
El venerable, paciente, moduló esta sentencia:
«Rehén es toda sapiencia de sus dimes y diretes.»

Así fue que el ermitaño tomó una aguda katana,
con una calma estudiada, fijo, miró al faltante.
Era un Dragón trashumante, salvaje por incendiario,
conocido por taimado, dueño de lengua filosa.
Como sin querer la cosa, dijo el justo insuperable:
«Veo Bestia no departes el sendero de los sabios.»
Hizo un bostezo el Alado, giró la testa indolente
y, con sibilar caliente, lanzóse un pedo tonante.

El puro empezó a reír con sonoras carcajadas,
tanto era lo que saltaba, en un baile de alegría,
que la tierra se movía como si fuera a caerse,
y con esto pudo verse que el Dragón fuera a acertar.
Llegó la danza a acabar, dijo el sabio como arenga:
«Bien has dicho bruta Bestia, tu respuesta es atinada.
Al fin es toda palabra, una palabra de más.»

De la golpiza repuestos se hallaban los seguidores
como si revelaciones aclamaban la verdad,
abjuraban necedad y al anciano veneraban.
El Dragón que aún callaba, a los cielos, hizo un gesto;
lo arrinconó al maestro y fiero empezó garrotearlo.
Al verse, el zorro, apaleado rogaba misericordia,
del emperador, la gloria, invocaba como auxilio.
El Alado, en un guiño, cesó la paliza atroz:
«Ya te ganaste el arroz, viejo farsante y ladino,
te espera un palacio digno: ¡Llévenselo al geriátrico! »
Los guardias partieron rápido a cumplir la comisión.

Aquí termina esta historia sin develar que es la rueca
que como gallina clueca cada pío la pió,
mas existe colofón, no te sientas abatido.
Aprende hijo querido que la vida es recurrente
y escucha atentamente aun lo que sobrevino;
no llegaban al camino cuando, así, bramó la Fiera:
«¡Grandes sabios de esta era, de erudición provinciana,
que como loros se ufanan, nada dicen explicar;
niegan que se pueda hablar, para hablar sin decir nada! »

El Cimarrón


Que sea Médico más grave
quien más aforismos sabe,
bien puede ser;
mas que no sea más experto
el que más hubiere muerto,
no puede ser.

Letrillas Satíricas
Luis de Góngora

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